"Campos de Abajo", por Santiago Almarza

La Encantada

Ilustración: “Campos de Abajo”, por Santiago Almarza

Versión sonora

Aquí podéis escuchar la versión novelada de esta leyenda, elaborada y emitida por la Radio Local de Santa Cruz. El texto está elaborado a partir de trabajo de Mª Dolores Avia Aranda, Emilio Muñoz López, Julio Sánchez Rivas, José Mª Gómez Rodríguez Monje y Maximino Sánchez Martínez, que hace años para recuperaron y dieron forma escrita a esta leyenda popular de tradición oral.

En el Programa de Fiestas de 1997, Jerónimo-Gregorio Navarro Cámara publicó otra versión de esta leyenda.

Introducción

La leyenda que hoy relatamos es junto, con la de “La Casa de las dos Puertas“, la más conocida y divulgada en Santa Cruz de la Zarza. Situado al noroeste de la villa, existe el cerro denominado “de la Encantada” y Son innumerables las leyendas que sobre el cerro existen. En esta ocasión relataremos una de ellas, según la cual, en la noche de San Juan, suele aparecerse la Dama del Cerro de la Encantada.

Antes de nada nos situaremos históricamente:

Corrían los años en los que España estaba dividida en la España Cristiana y la España Mora. El Emperador Alfonso VII tenía limitada la frontera Cristiana en el cauce del río Tajo. Por su parte los príncipes moros de Sevilla, Córdoba y Valencia ejercían gran presión y fugaces invasiones en dicha vega. Uno de los baluartes mas fuertes de la ocupación mora era el castillo de Aurelia, que traducido del latín significa Oreja, poblado anejo al municipio de Ontigola. Dicho castillo, situado aproximadamente a un kilómetro del río Tajo, está formado por una torre de planta rectangular sobre un risco de estrecha cima y una muralla que sigue la forma irregular de la meseta. Esta fortaleza fue punto de disputas, pasando a lo largo de su historia de manos moras a cristianas en varias ocasiones.

Al final, el temido guerrero moro Hali claudicó ante el asedio y cerco que Alfonso VII efectuó al castillo. Un postrer día de Octubre de 1.139 el ejército cristiano tomó el castillo con numerosos infantes y Caballeros formando una importante encomienda santiaguista. Al mando de la fortaleza quedó un joven y apuesto caballero, denominado el Señor de Aurelia.

En los limites del término de la Santa Cruz -que era así como entonces se denominaba nuestra villa-, situado en la vega, aproximadamente a unos dos kilómetros del río Tajo, había un castillo de características similares al de Aurelia, el castillo de Albuer, defendido éste por un bravo caballero. Este caballero tenía una hija que, según las malas lenguas, era fruto de la unión entre el Señor de Albuer y la hermana de Abenabed, príncipe moro de Sevilla. La belleza y el encanto de la hija del Señor de Albuer dejaba prendado a todo aquel que visitaba el Castillo.

Para preparar la estrategia de defensa de la zona, se reunieron el Señor de Aurelia con el de Albuer. A la larga discusión del planteamiento bélico sucedió el agasajo al visitante por parte del Señor de Albuer. El cordero y los frutos de la vega, regados con vino y licores de la tierra, hicieron que el Señor de Aurelia no pudiese tomar retorno a Oreja. Al amanecer, el Señor de Aurelia se aseaba en las dependencias del castillo; su torso se encontraba semidesnudo en el momento que fue sorprendido por Juliana, la Hija del Señor de Albuer.


JULIANA: ¿Que hace usted en mis aposentos?

SEÑOR DE AURELIA: Invitado soy, y honores como tal tengo del Señor de Albuer

JULIANA: Dudo mucho que mi señor Padre tenga como invitado a tan insolez persona.

SEÑOR DE AURELIA: Perdone si en algo os ofendí o asusté. Ahora entiendo de donde le viene a la Hija y Señora de Albuer la fama de su encanto. Nunca vi nada igual y a fe doy gracias a Dios de no haber muerto sin haberlo visto.


NARRADOR: Lo que había comenzado con una discusión fue tornando poco a poco en una conversación amena y distendida. A ello había que unir que, al tener noticia el Señor de Albuer de que el Señor de Aurelia no tenía contraídas nupcias y de que su hija ya estaba casadera, no había mejor ocasión por unir Aurelia con la Santa Cruz.


SEÑOR DE ALBUER: Veo, Señor de Aurelia, que ya conocéis a mi hija. Mucho me alegraría que entablaran buenas relaciones. De esta forma, a la fuerza que nos da nuestro Emperador Alfonso VII y nuestro Señor Jesucristo, uniríamos el amor a persona en común. Yo el amor que proceso a mi hija y vos el que ya en vuestra edad debe profesar a dama que se precie.

SEÑOR DE AURELIA: El que yo pudiese poseer a vuestra hija seria un sueño mucho más deseado que el de poder expulsar a la invasión sarracena de nuestros territorios. Ahora bien, como Caballero que soy, como tal he de comportarme. Nunca desearé tener a una esposa que no me desease. Espero que la que sea mi esposa lo sea de propia decisión.


NARRADOR: Las palabras vertidas por el Señor de Aurelia, unido a que, a su vez, el mancebo también “estaba de buen ver”, según se dice en el lugar, empezaron a encandilar a Juliana. Después de una mañana en la que los caballeros hicieron alarde del uso del arco, espada y monta del caballo, a Juliana se le borró de la mente todo hombre que no fuese el Señor de Aurelia.

Llegada la hora del retorno del Señor de Aurelia a su fortaleza, éste agradeció los atentos servicios a él prestados. Al interesarse por Juliana para despedirse, le indican que ésta se encuentra en los jardines del castillo, dando un pequeño paseo.


 

SEÑOR DE AURELIA: Raudo tengo que partir si no quiero que la noche me haga presa fácil de las emboscadas. Antes no me importaba morir defendiendo la noble causa del Cristianismo. En cambio ahora, dado que nada me colmaría más que volver a ver lo más bello que nuestro Dios Cristo ha creado en la Tierra, vos, mi Señora, el miedo a la muerte se ha apoderado de mi.

JULIANA: Agradezco vuestras palabras y más viniendo de quien viene. Mi padre desea con todo su corazón no morirse sin ver a su hija casadera. Muchos y de alta alcurnia han sido mis pretendientes. Pero que Dios me castigue si miento que más noble y generoso que vos no he conocido. Los mismos deseos de volveros a ver hierven dentro de mí. Tomad esta prenda, mi pañuelo y velaros de no caer preso ni herido. Aquí estaré esperando a que vos volváis.

SEÑOR DE AURELIA: Ahora tengo que partir, mis obligaciones con Alfonso VII así me lo fuerzan, pero antes de San Juan vendré a pediros a vos y a vuestro padre casamiento.

JULIANA: Así lo espero. Id con cuidado y que Dios os guíe, mi Señor.


NARRADOR: No hay por menos que decir que al Señor de Albuer nada agradó más que los deseos de su hija por celebrar casamiento con el Señor de Aurelia. Durante varios días mandó arreglar, limpiar y poner las mejores galas al salón principal en el cual se efectuaría la petición de nupcias por el Señor de Aurelia.

El tiempo pasa lento para Juliana. Pero al fin llega el esperado día de San Juan, Durante toda la mañana ella misma colocó la mesa en la que habrían de cenar, poniendo mucho cuidado en que las viandas, vinos y manjares fueran los más apropiados para la ocasión. El sol empezaba a ponerse en la vega del Tajo. A Juliana y a su padre les extraña la tardanza del Señor de Aurelia.

El Señor de Albuer manda encender una gran fogata en el torreón principal por si la noche cerrada ha desviado de su ruta al visitante. Juliana espera en su cuarto, peinando sus largos cabellos, tal como ha estado haciendo desde media tarde. El peine de oro repujado por los mas hábiles damasquinos de Toledo ejercía un monótono ir y venir por su pelo.

El Señor de Albuer sale a la busca del Señor de Aurelia: teme que alguna emboscada de los Sarracenos pueda haber desviado de su ruta al esperado Señor. La noche empieza a cerrase cada vez más y comienza a desatarse una tormenta. Juliana acelera más y más el ritmo del peinado.

Entretanto, el Señor de Aurelia, al otear una escuadra del ejército moro merodeando cerca del río, decide tomar camino por encima de los riscos laterales del cauce, en vez de bordearlo. El cambio de ruta le hará demorar la llegada, pero esa noche teme por su vida más que nunca y trata de evitar entrar en batalla.

Es medianoche. En las puertas del castillo resuenan tres golpes secos. Juliana sale corriendo desde sus dependencias, sin poder esperar a que la servidumbre abra la puerta. Abre rauda el portón y delante de ella aparece una gitana, empapada por la lluvia, sosteniendo a una criatura temblorosa en sus manos.


GITANA: Señora, mi hijo estaá muy enfermo, la lluvia le esta haciendo enfermar cada vez más, dénos aposento y morada, hágalo por la criatura…

JULIANA: ¡Qué dices desgreñada! ¡Sal de aquí ,gitana! Estoy esperando a mi amado y no puedo daros cobijo. ¡Iros, iros lejos!


NARRADOR: Juliana volvió a sus aposentos maldiciendo a la gitana y a su suerte. Cuando está a medio tramo de la escalera vuelve a oír otros tres secos golpes en el portón. Baja corriendo y abre la portezuela.


JULIANA: ¿Otra vez tú, gitana? ¡Fuera, fuera del castillo! ¡Marchaos de una vez!

GITANA: Mi señora, a mi niño ya apenas le queda un hilo de respiro, la noche se lo está llevando… Dejadme pasar, dormiremos en las cuadras, pero dejaa que mi hijo está a cubierto… Está muy enfermo…

JULIANA: ¡Iros los dos a donde debíais estar! ¡Iros al infierno, tú y tu hijo mal nacido, y dejadme de una vez!


NARRADOR: Juliana ya no controla sus palabras ni sus actos. El deseo de saber algo de su amado le hacen desvariar. Se queda tras la puerta. De sus ojos brotan lágrimas mientras su peine continúa con el ir y venir por su cabello.

Un nuevo golpe seco en la puerta rompe los pensamientos de Juliana. Entreabre la puerta, sabiendo que se trata otra vez de la gitana, y sin mediar palabra la empuja haciéndola caer de espaldas.

La gitana se levanta, le mira fijamente a la cara y pronuncia las siguientes palabras:


GITANA

Más vale que Nuestro Señor Jesús salve a mi hijo querido, ya que si este muriese, os maldeciré para toda la vida y…

ESTE CASTILLO DESAPARECERÁ, QUEDANDO SOLO SUS PIEDRAS.

Y NO VOLVERÁ A APARECER HASTA QUE A LAS DOCE DE UNA UNA NOCHE COMO ESTA, UNA NOCHE DE SAN JUAN, UN CABALLERO VENGA SÓLO A ESTE LUGAR MONTADO EN SU CABALLO BLANCO.

Y ESTA DAMA, QUE DESDE HOY QUEDARÁ ENCANTADA, TAMBIÉN DESAPARECERÁ EL RESTO DE LOS DIAS DEL AÑO .


NARRADOR La puerta se queda entreabierta mientras que en el exterior, la tormenta empieza a arreciar, Juliana sale del Castillo y se encamina hacia el río, mientras la gitana se dirige por la senda que conduce a una salina cercana.

Juliana ve a lo lejos las antorchas de la escuadra de su padre regresando al Castillo y, pensando que entre ellos viene su amado, sale corriendo.

No muy lejos la gitana detiene su marcha, nota que a su hijo el poco aliento que le quedaba ha dejado de existir, cae de rodillas en la senda y mirando de reojo al castillo emite al cielo un grito desgarrado, acompañado del mal presagio.


GITANA: ¡¡¡Que se cumpla el maleficio, que se cumpla el maleficio!!! ¡¡¡Por mi hijo, mi hijito, hijo mío, hijo mio…!!!


NARRADOR: La tormenta parece que se ha arremolinado en torno al Castillo, los truenos y relámpagos caen sobre sus piedras. Un ruido seco que retumba en toda la vega hace volverse a Juliana, para ver cómo el castillo se desmorona, piedra a piedra, a consecuencia de un certero rayo.

Al apartar la vista del Castillo ve a lo lejos a la gitana, arrodillada en el camino con su hijo levantado al cielo. Juliana comprende todo, lo comprende rápidamente y sale despavorida al encuentro de su padre.

En su huida cae en varias ocasiones al suelo. Su padre galopa rápido a su encuentro; con sus ropas desgarradas ella se aferra al faldar de la armadura de su padre. El señor de Albuer levanta la celada de su armazón. Su rostro esta pálido, sus ojos llorosos.


SEÑOR DE ALBUER: ¡Dios Mío, Señor, mi Dios! ¿En qué os he faltado? ¿Cuál es la causa del castigo que me habéis enviado?

JULIANA: ¡Padre, padre, no sois vos a quien Dios Castiga, es a mí y a mi soberbia! ¡El maleficio de una gitana ha caído sobre mí, tengo miedo, mucho miedo! Ayudadme, mi señor padre…

SEÑOR DE ALBUER: Venid conmigo, mi hija. Marchemos a las ruinas del Castillo e intentaremos en él resguardarnos, si aún queda algún cobijo.

JULIANA: ¿Que sabéis del Señor de Aurelia?

SEÑOR DE ALBUER: Sólo encontramos a su escudero. Parece que él se encaminó por la cornisa del valle. Estad tranquila, él sabrá encontrarnos.


NARRADOR: Juliana pasó toda la noche rondando por las ruinas del castillo, a la espera de la llegada de su amante, pero no podía dejar de pensar en las palabras del maleficio de la gitana.


GITANA (ECO): ESTE CASTILLO DESAPARECERÁ, QUEDANDO SOLO SUS PIEDRAS.

Y NO VOLVERÁ A APARECER HASTA QUE A LAS DOCE DE UNA UNA NOCHE COMO ESTA, UNA NOCHE DE SAN JUAN, UN CABALLERO VENGA SÓLO A ESTE LUGAR MONTADO EN SU CABALLO BLANCO.

Y ESTA DAMA, QUE DESDE HOY QUEDARÁ ENCANTADA, TAMBIÉN DESAPARECERÁ EL RESTO DE LOS DIAS DEL AÑO


NARRADOR: Juliana sentada en una de las almenas del derruido Castillo continuaba peinándose sus cabellos, su mirada estaba fija en el punto en el que por última vez a la gitana. Al despuntar la mañana vio como venia un soldado que haciendo un apartado con el Señor de Albuer comentaba en voz baja.


SOLDADO: Mi señor, lamento comunicaros que a pocas leguas del castillo he visto en una zona entre los riscos de la senda el cuerpo de un caballo y a su lado el de un caballero que yacía junto al animal. No he podido acercarme por lo empinado y húmedo del terreno, pero sí he podido recuperar esta capa, que estaba enganchada en un árbol del borde de los riscos.

SEÑOR DE ALBUER: Dejadme ver… ¡No puede ser! ¡El escudo con el blasón del Árbol! ¡El del Castillo de Aurelia!

SOLDADO: Seguramente, al no divisar la silueta del castillo, despistó su ruta y se encaminó por la estrecha senda. Su montura pudo asustarse por algún trueno y le hizo caer desde los riscos.

SEÑOR DE ALBUER: Tomad los hombres necesarios e id a darle cristiana sepultura.


NARRADOR: Se dice que desde ese día Juliana se volvió loca. Otros dicen que desde entonces se perdió por el término del pueblo. Con la muerte de su amante ella estaba condenada a vagar.

Del Castillo de Albuer apenas quedan cuatro piedras labradas.

Muchos son los caminantes que dicen haber visto a la Encantada. Y siempre se la encuentran en el mismo lugar: un pequeño cerro donde la orografía forma una especie de sillón en el que ella se sienta, peinándose y mirando a la luna. Allí vuelve todas las noches de San Juan, después de errar durante el resto del año. Vuelve a su cita con el amor, que es lo único que puede devolverle la felicidad.

Desde entonces ese cerro se llama “Cerro de la Encantada“. Es de suponer que se seguirá así llamando hasta que algún caminante perdido en la noche consiga vencer el temor que causa la misteriosa dama y pueda alejar de ella el maleficio por medio de su amor.


Nota: Todos los lugares y citas históricas son fidedignas, avalados por libros e historiadores solventes. Solamente los nombres del señor de Albuer, del Señor de Aurelia y de la dama Juliana son fruto de la imaginación del autor. Sólo usted podrá saber la Encantada es fruto de su imaginación o la consecuencia del maleficio de una noche de San Juan. Sólo el amante convencido de su amor por la dama podrá algún día sacarnos de la duda.


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