Federico… ¿en Santa Cruz?

La zapatera prodigiosa, 1975

En el patio del convento de las monjas.

Lorca y La BarracaEfectivamente, ni «La Barraca» actuó en Santa Cruz ni García Lorca llegó nunca a visitar nuestro pueblo.
Pero su obra, su teatro, sí nos visitó, al menos en cuatro ocasiones, de la mano de grupos de teatro aficionados de Santa Cruz.
La primera visita de la que tenemos noticia fue «La zapatera prodigiosa» en el verano de 1975, una fecha realmente insólita, que además se incluyó y recibió alguna subvención por parte de los Festivales de España de entonces.
En este documento (pág. 4) publicado por ACAME puede leerse una breve reseña de Joaquín Arias Loriente, en la que se mencionan a los actores del entonces llamado Grupo Popular de Santa Cruz de la Zarza, que más tarde dio lugar al grupo Trébedes, y que años más tarde puso en escena también otras obras de García Lorca: La casa de Bernarda Alba, Bodas de sangre y Doña Rosita la Soltera.

Os dejamos aquí algunas imágenes del ensayo general y la representación, en 1982, de Bodas de Sangre (Fotos: Nel Avia).

Seguramente reconoceréis a muchos de los actores y colaboradores de aquella representación.

Como siempre, vuestros comentarios son más que bienvenidos.

Bodas de sangre (1981)
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2026 : Exposición de ACAME al aire libre

La constancia, la ilusión y el trabajo de algunos de nuestros socios resisten las olas de calor y también algún que otro problema.

Este verano Víctor García Hijón, Miguel Ángel Rivas González y Alfredo Avia Aranda han instalado una Exposición de arte al aire libre con sus obras en la calle Emilio Palomo nº 144. Os animamos a visitarla.

¡Felices Fiestas a todos!

Nuestro museo

Un museo de objetos habitados,
consagrados al recuerdo, ahora ya divinos por el tiempo.
Entrar al museo es como visitar un palacio
sembrado de riquezas, objetos que fueron útiles,
palabras para comunicarnos.
Días de ocio, tiempos festivos
lejos de la mercancía del consumo.

Cine para aprender, imaginar, fantasear,
donde la Atención era primordial.
Rincones que hablan sin palabras.
Abrazar las notas musicales que caen del cielo.
Remendar con la primigenia piel el zapato desgastado.
Saborear el barro que nos cobija.
Beber aquel vino imaginario
hecho con los pies descalzos.
Subir los peldaños de las fiestas de cada año.

Llegar al conocimiento impartido
en tablas de pino pulido,
mapas que orientan los cuatro puntos cardinales
y el calor de una estufa de carbón.
Aprender a escribir con tinta sin borrones
y beber leche en polvo en tiempos de hambre.

Conocer la muerte del lechón,
comida para todo el año.
La cámara, tiempo entre arados, trillos, aperos,
espartos machacados.
Exhibición de las tareas del campo,
despensa para el amo, dolor en las manos.

Amar la cultura que se ve, que se oye,
que se siente, que se entiende.

Sentir el museo como un Ateneo. Los Surcos dejan huella.

Víctor García Hijón

Nuestro museo-3
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Y tú, ¿estudias o vendimias?

Tiempo de vendimiar. Y, según dicen los agricultores, parece que cada año las vendimias se adelantan, ya sea por el tiempo, por el tipo de vid, por las técnicas de cultivo o por las leyes del mercado.

Recordando las vendimias de 1950-1970 (¡tan diferentes a las de ahora!), podemos saber con bastante exactitud cuándo empezaba y terminaba cada campaña.

La columna de la izquierda (en lápiz) indica la edad de los alumnos.

Para saberlo no hemos recurrido a los archivos de las bodegas, ni a los periódicos de la época, ni a la memoria de los más mayores, sino… a los Registros Escolares de Asistencia (¡!).

En aquellos tiempos, todo el pueblo se volcaba en la vendimia y podemos decir que casi todos los santacruceros eran vendimiadores, incluyendo a los más pequeños (niños y niñas).

Y las aulas (siempre en Octubre) quedaban vacías o desiertas, según puede verse en los registros.

Las faltas de asistencia eran tantas que, algún año, los maestros tenían que justificarlas anotando «Vacaciones de Vendimia» en sus registros, no fuera a ser que el Inspector presentase un informe desfavorable de los maestros.

Algo parecido sucedía, aunque en menor medida -por el frío-, durante la recogida de aceituna.

Con el tiempo (años 1980s), la tendencia fue muy distinta: los niños empezaron a dejar de trabajar en el campo, mientras que otros estudiantes del pueblo y forasteros (de Bachillerato y Universidad), acudían al pueblo y se convertían en vendimiadores para sacarse unos jornales.

Registro Escolar (1960s): Vacaciones Vendimia

El silencio de un cestero

«Quien hace un cesto, hará cientos…, si tiene mimbres y tiempo»

En el Museo Etnológico “Joaquín Arias” de la asociación cultural ACAME se puede contemplar y rememorar, entre otras cosas, cómo era la “Escuela del siglo pasado”, cómo se llevaban a cabo las diferentes faenas agrícolas y ganaderas y qué aperos utilizaban. Durante años se presentaron exposiciones temporales dedicadas a algunos artesanos de antaño: albañiles, zapateros, tejeros, esparteros, carreteros…

Pero teníamos una deuda con los artesanos del mimbre —los cesteros o canasteros—, fabricantes de cestos, banastas, seros, sillas, cunas, butacas, mesas, maletas, baúles, setos… Y a veces también figuras decorativas o juguetes, como los que alguna vez estuvieron o siguen estando en nuestras casas. Las piezas que producían nuestros  artesanos, destinadas sobre todo al consumo local, constituían lo que hoy llamaríamos la industria auxiliar de nuestra economía de hace años (agricultura y ganadería). Pero también eran esenciales en la vida doméstica.

Todos los artesanos tenían, sin embargo, algo en común: el trabajo con sus manos y con las escasas herramientas que ellos mismos fabricaban, hasta conseguir transformar la materia —ya fuera cuero,hierro, madera, esparto,mimbre o arcilla— en objetos útiles. Y también compartían su modo de aprendizaje de sus mayores, ya que, casi siempre, eran oficios y conocimientos hereditarios.

El trabajo con el mimbre conlleva un largo y laborioso proceso desde la corta, el secado, el pelado, el trenzado, un proceso que se extiende a lo largo del año y culmina con la construcción de enseres tan útiles como duraderos y bellos. Por suerte, en el pueblo tenemos aún a nuestro último artesano del mimbre, un magnífico cestero que se inició en el oficio hace sesenta años, en un entorno social  muy desfavorable por su discapacidad —sordo de nacimiento, o sordomudo, como se decía entonces— cuando la sordera se equiparaba con deficiencia mental si no con la demencia. Por culpa de aquel clima de ignorancia y discriminación generalizada, nuestro último cestero no pudo ir a la escuela ni aprendió a leer y escribir. Y tampoco nadie le enseñó el lenguaje de signos para comunicarse.

Rosario Garcia Medina, que así se llama nuestro último cestero, tuvo la gran suerte de tener un tío que le enseñó el oficio de la cestería. Rosario, que también trabajó en el campo y como peón de albañil, dedicó su vida a trabajar el mimbre.

Hoy, con 84 años, vive en la residencia de Santa Cruz y tiene familia que le visita y le quiere.

Todo en silencio. Y también silenciado y oculto por una sociedad que lo discriminaba por su discapacidad. Con sus manos, sus gestos y su mirada, llegó a construir su propia manera de comunicarse para poder contar cómo era su trabajo, como obtenía el mimbre, como lo pelaba y lo doblegaba. Y también relatar sus recuerdos de la infancia y juventud, el camino de obstáculos que tuvo que recorrer a lo largo de su vida.

Hoy, pese al avance de la ciencia y del progreso en las condiciones sociales y en los derechos, en Santa Cruz hay muchas personas que han padecido y padecen vejaciones y aislamiento por su condición de discapacidad. Todas merecen ser respetadas y aceptadas, en un mundo más igualitario, inclusivo y justo.

Desde ACAME queremos que no quede en el silencio el reconocimiento a artesanos como Rosario. Y también reivindicar la dignidad de aquellas personas que además de su discapacidad sufrían el escarnio popular.

A. C. «Amigos del Museo Etnológico «Joaquín Arias»