Un museo de objetos habitados,
consagrados al recuerdo, ahora ya divinos por el tiempo.
Entrar al museo es como visitar un palacio
sembrado de riquezas, objetos que fueron útiles,
palabras para comunicarnos.
Días de ocio, tiempos festivos
lejos de la mercancía del consumo.
Cine para aprender, imaginar, fantasear,
donde la Atención era primordial.
Rincones que hablan sin palabras.
Abrazar las notas musicales que caen del cielo.
Remendar con la primigenia piel el zapato desgastado.
Saborear el barro que nos cobija.
Beber aquel vino imaginario
hecho con los pies descalzos.
Subir los peldaños de las fiestas de cada año.
Llegar al conocimiento impartido
en tablas de pino pulido,
mapas que orientan los cuatro puntos cardinales
y el calor de una estufa de carbón.
Aprender a escribir con tinta sin borrones
y beber leche en polvo en tiempos de hambre.
Conocer la muerte del lechón,
comida para todo el año.
La cámara, tiempo entre arados, trillos, aperos,
espartos machacados.
Exhibición de las tareas del campo,
despensa para el amo, dolor en las manos.
Amar la cultura que se ve, que se oye,
que se siente, que se entiende.
Sentir el museo como un Ateneo. Los Surcos dejan huella.
Víctor García Hijón
