Nuestro museo

Un museo de objetos habitados,
consagrados al recuerdo, ahora ya divinos por el tiempo.
Entrar al museo es como visitar un palacio
sembrado de riquezas, objetos que fueron útiles,
palabras para comunicarnos.
Días de ocio, tiempos festivos
lejos de la mercancía del consumo.

Cine para aprender, imaginar, fantasear,
donde la Atención era primordial.
Rincones que hablan sin palabras.
Abrazar las notas musicales que caen del cielo.
Remendar con la primigenia piel el zapato desgastado.
Saborear el barro que nos cobija.
Beber aquel vino imaginario
hecho con los pies descalzos.
Subir los peldaños de las fiestas de cada año.

Llegar al conocimiento impartido
en tablas de pino pulido,
mapas que orientan los cuatro puntos cardinales
y el calor de una estufa de carbón.
Aprender a escribir con tinta sin borrones
y beber leche en polvo en tiempos de hambre.

Conocer la muerte del lechón,
comida para todo el año.
La cámara, tiempo entre arados, trillos, aperos,
espartos machacados.
Exhibición de las tareas del campo,
despensa para el amo, dolor en las manos.

Amar la cultura que se ve, que se oye,
que se siente, que se entiende.

Sentir el museo como un Ateneo. Los Surcos dejan huella.

Víctor García Hijón

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Y tú, ¿estudias o vendimias?

Tiempo de vendimiar. Y, según dicen los agricultores, parece que cada año las vendimias se adelantan, ya sea por el tiempo, por el tipo de vid, por las técnicas de cultivo o por las leyes del mercado.

Recordando las vendimias de 1950-1970 (¡tan diferentes a las de ahora!), podemos saber con bastante exactitud cuándo empezaba y terminaba cada campaña.

La columna de la izquierda (en lápiz) indica la edad de los alumnos.

Para saberlo no hemos recurrido a los archivos de las bodegas, ni a los periódicos de la época, ni a la memoria de los más mayores, sino… a los Registros Escolares de Asistencia (¡!).

En aquellos tiempos, todo el pueblo se volcaba en la vendimia y podemos decir que casi todos los santacruceros eran vendimiadores, incluyendo a los más pequeños (niños y niñas).

Y las aulas (siempre en Octubre) quedaban vacías o desiertas, según puede verse en los registros.

Las faltas de asistencia eran tantas que, algún año, los maestros tenían que justificarlas anotando «Vacaciones de Vendimia» en sus registros, no fuera a ser que el Inspector presentase un informe desfavorable de los maestros.

Algo parecido sucedía, aunque en menor medida -por el frío-, durante la recogida de aceituna.

Con el tiempo (años 1980s), la tendencia fue muy distinta: los niños empezaron a dejar de trabajar en el campo, mientras que otros estudiantes del pueblo y forasteros (de Bachillerato y Universidad), acudían al pueblo y se convertían en vendimiadores para sacarse unos jornales.

Registro Escolar (1960s): Vacaciones Vendimia